Guardiana de Rixor

Al principio sólo había oscuridad. Luego, el interplano. Y flotando en su inmensidad, Éwa.

En Éwa, el rey guerrero Alberott de Rixor en la Isla Rijlin, regresa victorioso de una gran batalla.

Con la llegada del invierno, las fuerzas enemigas de Nösdoku en el interior del continente, comenzaron su plan para expandirse y hacerse con el poder de la isla.

Aprovecharon los antiguos lazos de sangre y amistad con el rey de Lomfaw al Norte de Rijlin, para llevar el grueso de sus tropas sin ser notadas.

La ciudad de Iñihel al sureste fue saqueada y reducida a cenizas. Pocos fueron los sobrevivientes.

El siguiente ataque caería sobre Rixor, ciudad principal en la isla.

No habría ayuda por parte de Gocech desde el noroeste, la historia entre ambos reinos era agreste.

Si caían, todo Rijlin formaría parte de Nösdoku y su progenie barbárica.

Los invasores les aventajaban en número, fuerza y tamaño.

La raza bárbara era al menos dos pies más grande que la de los hombres libres de Rixor.

Si bien los soldados Rixerios eran experimentados y las leyendas de sus proezas en los tiempos pasados bien conocidas, no habían entrado en guerra hacía dos generaciones.

Las primeras noticias de las granjas exteriores llegaban: Los enemigos no tomaban prisioneros a su paso.

La hora de actuar había llegado. Alberott se vistió y armó para la batalla.

Guió a sus tropas al terreno donde esperarían el embate enemigo.

Los invasores arribaron. Bestias enormes acompañaban a los guerreros bárbaros.

Alberott habló con voz gallarda a los suyos.

Su mensaje fue el de los guerreros que regresan de épocas antiguas, para luchar al lado de sus valientes compatriotas cuando encaran al destino.

Los cantos devolvieron el temple a sus cuerpos.

La perspectiva de batalla llenó de fuerza sus brazos.

Los tambores rugieron inflamando sus almas.

Los hombres libres de Rixor encararon al enemigo y le vencieron tras una ardua lid.

Los defensores realizaron tantas proezas de armas que causaron gran maravilla entre los suyos y horror sobre los bárbaros.

El último de los invasores cayó con el avistamiento de la primera estrella de la noche.

La noticia llegó rápidamente a la ciudad y los habitantes asistieron al campo de batalla para ver por los suyos.

Alberott se viste de gloria tras la victoria obtenida.

Los cuerpos de los soldados Rixerios fueron separados de los enemigos, aseados y despedidos con honor en una pira que creció tan alta que pintó la luna de naranja.

Los invasores fueron echados a los barcos en que llegaron y devueltos a su patria.

Mientras la pira ardía, los guerreros de Gocech tomaron por asalto la ciudad.

La reina y el príncipe perdieron sus vidas atacados por la espalda.

Inflamados por tal traición, soldados y comunes recuperaron sus moradas por la fuerza.

No obstante, la sangre derramada empañó el corazón del Rey.

Los dioses no respondieron sus reclamos.

Era hora de purgar la isla.

Alberott mandó a forjar una nueva espada y armadura para esta empresa.

Los metales se fundieron entre llamas avivadas con invocaciones de muerte.

Los martillos moldearon venganza en la armadura del rey.

Los yunques helaron el corazón de su arma y “Garra de Rixor” nació a la noche.

Alberott se vistió para la guerra y habló a los suyos.

Su voz era la de la ira. Su resolución, férrea y fría como la hoja en sus manos.

Alberott partió hacia Gocech, acompañado sólo por sus más leales soldados.

Dejó un castillo sin herederos. Animó a los suyos a que encontraran al más digno de entre ellos y le hicieran Rey. Alberott no dijo más y partió en la penumbra.

Su marcha fue la del silencio. Su determinación la de la piedra. Su sentir el de su arma.

La Garra de Rixor se encajó profundamente en el corazón de Gocech y después desapareció, acompañada del Rey y su séquito.

Los hijos de Rixor hicieron caso a su rey y eligieron al más digno entre ellos para que los gobernara.

Y juraron hacer de la suya la mejor ciudad humana en Éwa.

También, en honor y recuerdo a Alberott, no se permitieron más linajes reales en el castillo.

Cuando el rey moría, el más digno de todos era elegido para ocupar esa posición de honor.

El daño de Alberott permitió el nacimiento de la época más brillante del reino y eso le llevó a las estrellas.

Así nació la Constelación de Alberott, guardiana de Rixor.

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