Luciérnagas en Fuga

 

Al principio sólo había oscuridad. Luego, el interplano. Y flotando en su inmensidad, Éwa.

 En Éwa, la lucha por la supremacía barrió civilizaciones enteras.

La búsqueda por el poder germinó plantíos de espíritus en tierras antes plenas en vida.

Nuevas criaturas necesitan nuevos territorios.

Las poblaciones se expanden y reclaman viejos reinos.

Catedrales y fortalezas olvidadas reciben el azote del tiempo.

Los cementerios rebasan sus límites y sus habitantes moran los recuerdos bajo la noche.

La hojarasca corre perseguida por los aúllos del viento.

Las veletas rechinan pregonando tormenta.

Nadie escucha sus advertencias. Los espíritus no temen el caos del mundo.

A los sirvientes de la oscuridad no les atemorizan predicciones aciagas.

Los niños en aldeas cercanas escuchan leyendas que cuentan sus padres.

Leyendas sobre magos que absorben la vida de niños desobedientes.

Leyendas sobre brujas que raptan y sacan los ojos a aquellos que no respetan a sus padres.

Las ancianas advierten a los niños sobre los espíritus que vagan las aldeas de noche.

Los ancianos relatan horrores pasados.

Los niños creen falsas las historias de los mayores mientras crecen.

La osadía inflama sus corazones un poco más con cada historia menospreciada.

El fuego de la aventura alienta sus espíritus a descubrir sus propias verdades.

El mundo los reta a conocer sus secretos.

Salen en silencio de sus casas, cobijados por la noche.

Cinco aventureros desafían el miedo armados con velas y antorchas.

Cinco amigos escuchan sus nombres transportados por el viento.

El aire les incita a seguirle, hablándoles como a través de flautas de caña.

Se escuchan sonidos de claves al compás de sus latidos.

Nubes negras en un cielo oscuro cobijan los secretos de la noche.

Claves y flautas les llevaron hasta una fortaleza antigua.

La lluvia cae y borra sus rastros en los caminos.

Claves y flautas marcaron su paso hacia el interior del refugio.

La luna se esconde ante los ecos de la música etérea.

El calor huye de sus cuerpos mojados y ateridos.

La luz se extingue en sus manos.

La orientación se pierde en la oscuridad.

El sonido de los relámpagos y la música es lo único que los guía.

Siguen adelante. Jadeantes. Desprotegidos. Tomados de las manos. Tiritando.

Murmullos inundan los pasillos.

Murmullos como bálsamo sobre sus corazones.

Murmullos que les dan la bienvenida.

Murmullos que escalan de intensidad.

Carcajadas que convierten la oscuridad en tinta de tinieblas.

Y sus cuerpos mismos se convierten en tinta.

Tinta que se utiliza en hechizos arcanos.

Al fin hay luz de nuevo.

Siempre alejada, como luciérnaga en fuga.

Si pudieran alcanzarla, saldrían a la luz.

Bajo la luz, encontrarían el camino de regreso a sus padres.

No importa que sus cuerpos permanezcan secos y arrugados en los sótanos del castillo.

No importa que sus huesos se usen como instrumentos que marcan sones umbríos.

No les preocupa más que sus rostros vacíos de luz, vacíos de vida y desprovistos de ojos hayan aliviado la sed de brujas y hechiceros. Sólo importa regresar a casa.

Tal vez si gritan lo suficiente alguien los encuentre.

Tal vez si gritan a través del viento alguien venga a rescatarlos.

Tal vez si sus voces hacen sonar los carrizos alguien podrá escucharlos y llevarlos a la luz.

Mientras tanto, las veletas rechinan advertencias precediendo calamidades.

Ellas son las únicas que chillan sus mensajes de auxilio.

Pero sus voces también han sido corroídas por la tormenta.

Una respuesta to “Luciérnagas en Fuga”

  1. yoselin Says:

    gracias me sirvioo de muuchoo

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