Kikina en el Bosque Negro

Y su madre le dijo a Kikina que no partiera, pero ella estaba impaciente por llegar a casa del abuelo y preguntarle cómo hacer para que sus padres fueran más felices. No tenía claro qué hacer pero sabía que el abuelo le ayudaría a encontrar respuestas.

     Kikina escapó de la mirada de su madre. No podía esperar a que su padre y sus hermanos la llevaran. No podía esperar a que los demás encontraran tiempo para ella. Sentía que si el abuelo no la ayudaba, la felicidad se escaparía de casa y jamás regresaría, tal como la leche de las ubres de las cabras cuando las ordeñaba. 

     El mundo le pareció esa mañana aún más grande. Era la primera vez que dejaba la casa ella sola. Era la primera vez que haría el camino a casa de su abuelo sin ir dormida en carreta. Recordaba la vez que preguntó a su padre dónde vivía el abuelo y él señaló a la lejanía, le explicó que la casa del abuelo estaba pasando el bosque negro en dirección al oriente, por donde aparecía el sol. Kikina no sabía cómo llegar a su destino pero ello no le preocupaba. Su abuelo siempre estaba al final del camino y ésta vez no sería diferente. Simplemente, lo sabía.

     Así, Kikina dirigió sus pasos hacia el sol durante el resto de la mañana, hasta que pasó de largo la última casa del pueblo. Todos sus conocidos que encontró la saludaron y preguntaron a dónde iba. Alegre y segura de sí misma, contestaba que iba a ver a su abuelo. Todos la miraban extrañados, pero la escucharon tan segura y sabedora de lo que hacía, que no hicieron ningún intento por disuadirla.

     Lupoh, un amigo de la familia, la escuchó y le ofreció llevarla, pero primero debían hacer una escala con su esposa. A Kikina le pareció que las cosas no podrían ir mejor, aceptó gustosa y subió a la carreta, entre más pronto viera a su abuelo, mejor sería para ella.

  • ¿A qué vas a casa de tu abuelo Kikina?
  • Voy a pedirle ayuda, quiero que mis papás vuelvan a estar felices.

  • ¿Todavía están tristes por lo de tu hermana?

  • Sí, y quiero ayudarles.

  • Eso suena muy bien Kikina pero ¿por qué has venido solita hasta acá, no sabes que el mundo es peligroso?

  • Sí, eso me han dicho mis padres, pero no veo que me pueda pasar algo malo si voy a ver a mi abuelo. Además, si voy con Usted nada podrá sucederme.

  • ¿Y tus padres y hermanos saben que vas a ver a tu abuelo?

  • Sí, le dije a mi madre que tenía muchas ganas de verlo.

  • ¿Y ella qué te dijo?

  • Que ni siquiera se me ocurriera tratar de venir sin que viniera acompañada por alguien de la familia.

  • ¿Y por qué saliste sola entonces?

  • No salí sola, Kani viene conmigo.

  • ¿Kani?

  • Sí, es mi otra hermana.

     Kikina sacó de una bolsa de su vestido una muñequita del tamaño de su mano, tejida con trapo.

  • ¿Ese juguete es tu hermana?

  • No es un juguete, la hizo mi madre y su nombre es Kani.

  • Anda pues. Gusto en conocerte Kani. Las dos se ven cansadas, por qué no se recuestan y se duermen un ratito mientras llegamos, yo les avisaré.

     A Kani no le pareció bien la idea, pero Kikina estaba algo cansada de caminar y la obligó a quedarse dormida. Al fin y al cabo, siempre dormían cuando su padre la llevaba y era bonito despertar en casa del abuelo.

     Kikina dormitó tan plácidamente que no percibió el descenso en la temperatura cuando la carreta se desvió del camino para internarse en el bosque negro.

     Escondida y alejada del camino principal, Lupoh se detuvo en la cueva que encontró y acondicionó hacía un par de años como su refugio privado. Se apeó con cuidado para no despertar a su invitada y se adelantó para asegurarse que no hubiera peligro alguno. No tardó mucho en llegar a su lugar más especial, donde abrió un baúl cerrado con doble cerrojo y sacó una muñeca de un zapato, escondido entre otros varios recuerdos. El nombre de la muñeca era Kani. Lupoh lo sabía porque conoció a su dueña. Una niña hermosa y confiada que se aventuró al bosque para ir a casa de su abuelo y preguntarle cuál era el objetivo de la vida. Ni Kani del baúl ni su dueña volvieron a ver la luz del sol. Aceptaron que un amigo de sus padres las llevara a través del bosque para llegar a su destino. Lo que luego se supo es que a una niña la atacaron los lobos y que no se recuperó su cuerpo, ni su ropa, ni su muñeca tejida que le hizo su madre, sólo un zapato…

     Un grillo despertó a Kikina y ella se encontró sola sobre la carreta en el bosque. La luz bajó su intensidad. Kani se mantuvo atenta a lo que sucedía alrededor y no le gustó.

  • Kikina estamos solas, en el bosque.

  • ¿Cómo vamos a estar solas si el amigo de papá debe estar cuidándonos de cerca?

     Kikina bajó con cuidado. Una luciérnaga apareció de pronto y sus intermitencias hablaron algo que Kikina comprendió en el acto como “sígueme”.

  • Kikina, estamos perdidas.

  • ¿Cómo vamos a estar perdidas si hay una luciérnaga que quiere que la sigamos?

     La luciérnaga condujo la procesión por los recovecos del bosque. Después de un rato, decidió que ya no quería ser seguida y voló hacia lo alto de un árbol, donde desapareció.

  • Kikina regresemos un poco, no me siento segura.

  • Todo está bien Kani, mira, la luna nos está mostrando el camino.

  • Kikina ¿escuchaste eso?

  • Sí, parecía un perrito.

  • No hay perritos en el bosque Kikina.

  • Mira, te dije que era un perrito… y parece perdido.

  • Kikina, déjalo ahí y vámonos, ese perrito es un lobo.

  • ¿Cómo va a ser un lobo si los lobos son grandes y feos y peligrosos y este sólo es un perrito?

  • Kikina, deja ese animal en paz y regresemos, desde aquí no puedo ver la luna.

  • Está bien, regresemos un poco, pero el perrito va con nosotros, no es seguro que se quede en el bosque durante la noche, pueden venir lobos y comerlo.

     En cuanto pudieron ver de nuevo la luna, descubrieron un nuevo camino que por alguna razón les agradó cómo se veía. Echaron a andar con vigor y no pasó mucho antes que perdieran de nuevo su referencia en el cielo.

  • Kikina ¿Escuchaste eso?

  • Sí, alguien está riendo. Vamos.

  • Kikina ¿no te parece extraño que alguien ría en la noche dentro del bosque?

  • No, si está riendo, seguro debe ser algo divertido.

     Siguiendo las risas llegaron a un claro. En él, unas mujercitas bailaban y reían y brillaban mientras bailaban y reían, en círculos dentro de una circunferencia fúngica.

  • Kikina no toques esos hongos.

  • ¿Por qué no si tengo hambre?

  • ¿Comiste del hongo Kikina?

  • Sipi, pero ya se acabó, Kino también tenía hambre.

  • ¿Kino?

  • Sí, Kino, así le puse de nombre al perrito… Mira, le agrada.

     Una de las mujercitas las escuchó, dejó de bailar y se acercó a Kikina, volando.

  • ¿Qué haces aquí niña?

  • Voy a casa de mi abuelito. ¿Sabes el camino?

  • Sí, claro. Para llegar con tu abuelo, debes venir con nosotras y bailar y cantar y bailar. Cuando acabe la música, estarás ahí.

  • Kikina, no me gusta esa idea.

  • ¿Qué música?

  • Tienes que acercarte otro poco. Da un paso más y la escucharás.

  • Kikina no lo hagas, vámonos de aquí.

          …

  • Sigo sin escuchar la música.

  • ¿No la escuchas niña?

  • No.

     Todas las mujercitas dejaron de bailar, molestas. Comenzaron a gritarle y tirarle de los cabellos.

  • Largo” “Si no escuchas la música no nos sirves de nada” “No eres bienvenida aquí” “Si no escuchas la música no tienes permitido divertirte con nosotras”

     Kino huyó del lugar con Kikina siguiendo sus pasos. Kino no quería saber nada de ese lugar y corrió y corrió hasta que Kikina le alcanzó a la orilla del bosque. Los árboles comenzaron a abrir paso. Poco a poco, un camino se hizo más y más grande hasta cubrir el horizonte. Kikina le siguió, alejándose de la luna. No mucho después, llegó a una casa con un porche. En el porche una mecedora y en la mecedora un anciano con una pipa encendida. El anciano y la niña se reconocieron y abrazaron mucho antes de entrar a la casa…

     La madre de Kino aulló y comenzó la búsqueda de su hijo tras regresar a su hogar y encontrarlo vacío.

     A los pocos días, en el pueblo corrió la noticia de un hombre que murió sobre un extraño círculo de hongos, atacado por una loba. El zapato de una niña y una muñeca se encontraron a su lado. Al final, ambos depredadores perdieron el rastro en el mismo punto.

     El abuelo convenció a Kikina que Kino estaría mejor con su madre en el bosque y ella de vuelta en casa lo antes posible, lo que regresó la felicidad y tranquilidad con sus sus padres y hermanos una vez que llegaron.

     Ah sí, y una vez pasada la felicidad inicial, Kikina fue castigada por lo que le pareció el resto de su vida. Al menos, el castigo no le fue tan difícil de sobrellevar, sus papás ya se veían más contentos.

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