La Alacena del Mago

 

La alacena del mago es una reflexión sobre el juego. No de un juego en particular sino del fenómeno del juego, de la experiencia de jugar. Ya teniendo esto claro, casi de inmediato aparece una pregunta: ¿qué tiene que ver el juego con la fantasía?, o mejor dicho ¿qué hace alguien escribiendo del juego en un lugar especializado en fantasía?
     La respuesta que se me ocurre en este momento es que el juego, como la fantasía, es un fenómeno que, a pesar de tener sustento y llevarse a cabo en la realidad material de la vida cotidiana, permite el surgimiento de un mundo de significados y experiencias imaginarias pero intensamente vividas (¿vivibles?). El juego es algo que todos conocemos porque todos hemos jugado, y por lo tanto es, fue, o ha sido fundamental en nuestra vida. Es algo acerca de lo que vale la pena hablar, pensar y repensar.
     Quizá sea importante decir, sólo para aclarar un poco más el asunto, que me encanta jugar, que juego mucho y de muchas formas, y que eso influye profundamente en que el juego me parezca un tema tan interesante y divertido. Porque si no se puede hablar de las cosas que, a pesar de ser chiquitas y, para muchos, poco significativas, hacen la vida tal y como es, entonces de qué sirve decir cualquier cosa. Para mí es vital reflexionar sobre lo que siento, lo que me hace sentir; por eso es importante hablar del juego, y por eso el juego acompaña a la fantasía, porque el juego y la fantasía permiten la vida.
     Y quizá ahora alguien se pregunte por el nombre “La alacena del mago”. ¿Qué quiere decir? ¿A qué se refiere? Para mí el pensamiento es una especie de alquimia, un proceso en el que los elementos se mezclan de maneras distintas creando una multitud de formas. Aparecen, desaparecen, se esconden, se juntan con nuevas ideas, con sentimientos, vivencias. Los elementos se expanden, se acortan, explotan, implotan, se enredan, se tejen, se destejen, se alejan, dejando sólo restos de hilos que alguna vez fueron una sola tela. Se pintan de colores en tonos tenues, sutiles, medianos, fuertes, y por mucho que se tenga una paleta escogida, las combinaciones se transforman pintando distintos cuadros de aquellos que habíamos imaginado al comenzar a pensar.
     Así, la alacena de un mago está llena de elementos fantásticos, de recetas conocidas y algunas novedosas, con la posibilidad constante de crear o descubrir una nueva combinación. Pero eso requiere de mucho trabajo, de enhebrar el hilo con el que tejeremos nuestro propio tapiz. Y así como el mago abre su alacena para tomar los ingredientes para sus pócimas, así nosotros podremos abrir la alacena del pensamiento acerca del juego y la fantasía para descubrir algunas cosas. Algunas ideas se quedarán con nosotros, dejaremos ir algunas otras, pero la experiencia de reflexionar acerca de algo como el juego habrá valido la pena.

Hoy quiero compartir con ustedes las ideas del filósofo Eugen Fink acerca del juego, que, debo decir, me gustan particularmente. Para él, el juego es una experiencia esencial de la vida humana. Se encuentra en la esfera de los fenómenos existenciales fundamentales junto con la muerte, el trabajo, el dominio y el amor. A pesar de esto, el juego normalmente se ve como carente de importancia, como algo marginal, solamente válido durante la infancia. Se le considera un fenómeno complementario, una pausa de recuperación, una interrupción ocasional. “Se lo comprende en mayor o menor medida, como jugueteo y travesura satisfecha, como un libre vagabundeo por el amplio reino de la fantasía y de las posibilidades vacías, como una fuga de la oposición de las cosas hacia el sueño y la utopía.” *
     El hombre, por no estar sujeto a los designios de la naturaleza, está en una búsqueda constante del sentido de su existencia, de su estar aquí. De esta forma, “el juego tiene… el carácter de un “presente” tranquilizador y un sentido autosuficiente, es semejante a un ‘oasis’ de felicidad…. El juego nos rapta. Al jugar nos liberamos, por un momento, del engranaje vital -estamos como trasladados a otro planeta donde la vida parece ser más fácil, más ligera, más feliz…. El juego nos regala presente.” A pesar de ser actividad y creación, “está en la cercanía de las cosas eternas y calladas. El juego ‘interrumpe’ la continuidad… está en la distancia.”
     Para Fink, existe una serie de elementos que dan forma al fenómeno del juego. El primero de ellos es la alegría lúdica. Dice al respecto: “Todo juego está determinado gozosamente, es movido en sí con alegría, alado. Cuando esta luminosa alegría lúdica se extingue, se agota de inmediato la acción del juego.” Ésta es una alegría de tipo especial, multívoca. “Puede acoger dentro de sí el duelo profundo y la pena abisal, puede abrazar alegremente aun el terror.” Y aunque el dolor y el terror son sólo juego, nos sacuden, nos conmueven como si ocurrieran realmente. La alegría lúdica “no es sólo alegría por el juego, sino en él.”
     A todo juego le corresponde un sentido. Y debemos distinguir entre el sentido lúdico interno de un juego determinado, es decir, “la conexión de sentido de las cosas, hechos y situaciones jugados”, y el sentido externo, “el significado que tiene el juego para quienes se deciden a él;” además del sentido que puede tener para los espectadores que lo observan.
     El tercer elemento es la comunidad lúdica. “Juego es compañía, jugar con otros, una forma entrañable de la sociedad humana…. está abierto al prójimo como compañero de juego.” La comunidad lúdica no necesita estar formada por una cantidad amplia de personas reales; también se juega con compañeros imaginarios. Sin embargo, si se trata de un juego real, no sólo pensado, debe existir al menos un jugador real.
     La regla es fundamental para el juego. “Si no se pusiera y aceptara una obligación, no se podría jugar.” Pero esta obligación es arbitraria y puede cambiarse a voluntad, siempre y cuando la comunidad lúdica esté de acuerdo.
     A todo juego corresponde también un juguete, que no se circunscribe a las cosas producidas artificialmente. “También un simple trozo de madera, una rama rota, puede funcionar como ‘muñeca’.” Para los ojos del espectador, el juguete es sólo una cosa del mundo real. Pero para la niña, “el muñeco es un niño y la niña es su madre.” Sin embargo, la niña no se engaña. Sabe que su muñeco no es en verdad un niño, no confunde una cosa con otra, conoce la figura del muñeco y su significación dentro del juego; vive en dos dimensiones. “Lo lúdico del juguete, su esencia, radica en su carácter mágico: es una cosa de la escueta realidad y, a la vez, posee otra ‘realidad’ misteriosa.”
     Durante el juego, el jugador consuma una acción determinada dentro del mundo real, pero dentro del sentido interno del juego, adopta un papel. “El jugador se ‘oculta’ a sí mismo por su papel, en cierta medida se hunde en él. Con una intensidad de tipo especial, vive en el papel.” Sin embargo, no deja de distinguir entre la realidad y la apariencia. Puede salir de su papel en el momento en el que lo desee. En el curso del juego continúa teniendo un saber, aunque a veces muy pequeño, acerca de su doble existencia; se encuentra en dos esferas.
     Todos estos elementos del juego producen lo que Fink llama mundo lúdico. Jugamos en el mundo real, “pero creamos jugando un reino, un campo enigmático que es y a la vez no es real. En el mundo lúdico nos movemos de acuerdo con nuestro papel; pero en tal mundo se dan las figuras imaginarias, se da el ‘niño’ que ahí vive y habita -pero que en la simple realidad es sólo un muñeco o un trozo de madera…. (En el) mundo lúdico se esconde el jugador mismo como creador de este ‘mundo’, se pierde en su creación, ‘juega’ su papel y tiene dentro del mundo lúdico cosas circundantes y prójimos que pertenecen a ese mundo.” Posee su propio tiempo y espacio internos. “…Tiene siempre un escenario real, pero no es una cosa real entre las cosas reales.” 
     El juego es siempre transfigurador: “logra la ‘aligeración de la vida’, logra una liberación pasajera, sólo terrena, casi una redención del peso de la carga existencial.” En él, el hombre tiene poder casi ilimitado y puede crear y destruir a su gusto, porque no produce en el espacio de la realidad auténtica. Se siente “señor” de sus productos imaginarios. 
     En el juego domina la libertad, pero también se manifiestan otros fundamentos de la existencia, y podemos encontrar su extremo opuesto, “una suspensión ocasional de la auténtica realidad del mundo, que puede llevar hasta el arrobamiento, hasta el encantamiento, hasta la caída en lo demoníaco de la máscara. El juego puede ocultar en sí el claro momento apolíneo de la libre mismidad, pero también el oscuro momento dionisíaco de la auto-renuncia pánica.”
     A pesar de estar relacionado con el resto de las experiencias fundamentales de la existencia humana, el juego posee cierta autonomía y se ubica frente a ellas. Jugamos a morir, jugamos a la guerra, jugamos a trabajar, jugamos al amor e incluso jugamos a jugar. “Jugar es una creación infinita en la dimensión mágica de la apariencia…. El juego humano es (aun cuando hace mucho que ya no lo sepamos) la acción simbólica de un hacer presente sensiblemente el mundo y la vida.”

* Todas las citas fueron tomadas de Fink, Eugen. Oasis de la felicidad, UNAM, México, 1996.

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