El Nombre de la Espada

Los hermanos Therin vigilaban tras los matorrales. Ivo y Londren estaban al acecho de su presa: un drwud que se alimentaba con las entrañas de un lerwy joven.
     Le observaban desde hacía un rato; la oscuridad de su piel era más grande conforme se acercaba a las fauces, debido a la sangre de su presa. Rasgó sin esfuerzo la piel del lerwy; quebró fácilmente sus huesos, con la fuerza de sus garras y dientes, largos y afilados.
     Los Therin encontraron sus miradas, la ansiedad y el deseo asomaban de ellas y se regaban sobre sus rostros. Se entendieron en un santiamén y asintieron sus cabezas para poner en marcha su plan.
     Tras estudiar el territorio, se pusieron en pie y desenfundaron sus armas sin hacer ruido alguno que pudiera delatarlos. Los Therin caminaron sigilosamente por lados opuestos, planeaban rodear al drwud.
     Ivo, el mayor, se acomodó tras la bestia, rápido y sigiloso. Esperó unos instantes a que su hermano llegara a su posición al otro extremo, y estuvo muy pendiente a los movimientos del drwud.
     Por lo frágil del terreno Londren estaba obligado a caminar con exagerada cautela, o el drwud notaría su presencia con cualquier ruido que hiciera estando tan cercano a él.
     Unas aves Nimdin graznaron y volaron espantadas cuando el joven Therin pasó junto a ellas. De inmediato, el drwud alzó la cabeza y miró el lugar del que salieron. Sus oídos se aguzaron y bramó repetidamente, en un intento por expulsar a cualquier intruso en su territorio.
     Londren estaba rígido y en posición muy incómoda, pero evitó caerse apoyándose con la punta de su alfanje contra el suelo. El drwud esperó unos momentos antes de continuar, pero mantuvo sus orejas en alto mientras devoraba al lerwy. El joven Therin siguió su camino, pero los restos de unas hojas secas crujieron con su siguiente paso.
     El drwud se inquietó y detuvo su almuerzo por segunda vez; se paró y comenzó a olisquear el aire más allá de su presa. Al no distinguir un aroma definido a través de la sangre sobre sus fauces y nariz, avanzó atento del lugar del que manaban los ruidos.
     Antes que la bestia diera otro paso, Londren trepó al árbol más cercano para salvar su vida. El drwud se lanzó tras él.
     Al otro lado el mayor de los hermanos delató su posición. Gritó con ojeriza al animal que intentaba morder a Londren. El drwud se detuvo y se fijó en el nuevo intruso. Éste sostuvo su mirada y le hizo enfurecer; se lanzó sobre él sin miramientos. Ivo asió con fuerza el mango de su arma, enfilándola hacia la bestia, único baluarte ante su mortífera embestida.
     Con el impacto, los cuerpos volaron y estrellaron aparatosamente contra un roble membrudo. Al ruido sordo del golpe, le siguieron gritos Therin de dolor y jadeos del drwud. La sangre les cubría en igual proporción y escurría por el suelo con libertad.
     Londren temió encontrar sin vida a su hermano y no pudo moverse de inmediato. Las manos de Ivo apartaron el cuerpo del drwud con lasitud y se alzaron rojas al cielo. Su hermano menor bajó del árbol y se acercó tan pronto como pudo. Sus ojos brillaron con un tenue resplandor de esperanza.
     Ivo observó los ojos de Londren, confuso, y buscó a tientas heridas en su cuerpo. Intentaba comprender su estado. Los dedos de su mano izquierda exploraron su pecho, tartamudos por la impresión, esperaban encontrar una sajadura en la carne del tamaño de la bestia, pero no fue así. La cota de malla que había heredado Ivo recientemente de su padre, quedó dañada por las garras del drwud, pero le había salvado la vida. De no ser por ella, su corazón prácticamente hubiera sido espetado por las garras del animal.
Ivo, muy alterado aún por la sangre que lo cubría, perdió el conocimiento.

La tarde comenzaba a oscurecer cuando el joven Therin recobró el sentido. El tibio crúor sobre su pecho había perdido su calor y comenzaba a coagular. Instantes después volteó con cierto temor y vio el cuerpo del drwud, inerte a su lado. Gritó y pataleó de alegría, todavía sobre la sangre negra del animal. Sobrevivió al ataque de esa bestia creada por los bongus y había vencido. Ahora, podría regresar a casa con la cabeza como trofeo. sorprendería a la aldea con su hazaña y honraría la memoria de su padre. Con la muerte del drwud, había ganado la posibilidad de un nombre para su espada. Al fin su arma tendría una inscripción de mucho respeto sobre su hoja. Le llamarían “Jyendumi, el mandoble osado”, o le tallarían algún nombre con el que entraría en las leyendas del pueblo. Si tenía suerte, esas leyendas llegarían hasta los oídos de los sabios Jelgurs que guardan las palabras para siempre, y sería recordado durante la eternidad.
     Londren se hincó al lado de su hermano y lo ayudó a restablecerse. Después le cortaron la cabeza y la piel al drwud. Sus ojos carbonados seguían abiertos, e inspiraban el mismo temor que estando vivos. Prepararon las partes del drwud para el camino a casa, y cargaron con ellas en un morral que consiguieron exclusivamente para esta presa.
     Con la caída de la tarde, los hermanos dejaron caer sus espadas y corrieron por sus vidas. Y si no soltaban también su preciosa carga, no llegarían hasta los árboles. Cayeron en cuenta demasiado tarde que esas bestias no eran ermitañas. La manada de la que se había separado el drwud que llevaban cargando, buscaba a su cachorro.

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