Fábula de los dos hermanos Mufuma y Mutsomo

 

Se dice que el gran dios Magore, creador del mundo, padre de todos los seres, rey en el eterno Pais de las Brumas y gran dictador de leyes, se enamoró una vez de una hermosa joven mortal. Tenía la tez dorada y brillante, largos cabellos rizados y rojizos, ojos oscuros y profundos. Fue la perdición de Magore. Las muchas esposas del dios se enfadaron al verse igualadas con una simple mortal. Aunque Magore fue a esconderse a una isla remota en el mar, para mantenerse alejado de la ira de sus esposas, las diosas lograron saber cual era el nombre de la muchacha, y le echaron un maleficio. Sabiéndose condenada la muchacha sin nombre hizo prometer a su amante que se encargaría de la descendencia que llevaba dentro. Poco después murió mientras daba a luz a dos hermanos gemelos: Mufuma y Mutsomo.
     Mientras fueron pequeños Mufuma y Mutsomo vivieron en el palacio de Magore, entre los muchos descendientes del dios. Eran inseparables el uno del otro. Estaban muy unidos, y juntos resistían las burlas de sus otros hermanos. A menudo Magore los envió a ocuparse de los asuntos de los humanos, ya que los asuntos del País de las Brumas eran cosa de dioses. En sus correrías por el mundo demostraron su valía. Esas aventuras son las siete leyendas de Mufuma y Mutsomo que los ancianos cuentan a los niños.
     Mutsomo era el menor de los dos, aunque era más alto y fuerte. Era noble, sincero y justo. Mufuma, el mayor, era más débil que su hermano. Era sin embargo más astuto, el rey de las mentiras, las ilusiones y los líos.
     En una ocasión Magore envió a los hermanos a buscar a Baoh y Twoe, los dos leones que custodiaban la puerta del País de las Brumas. Habían sido robados por Korie, una mujer demonio. Korie sabía que Magore quería mucho a sus dos leones, símbolo de su fuerza y virilidad y custodios de la entrada de su reino. Retenía los leones en un jardín cercado dentro de su palacio y desafiaba a cualquiera para que los recuperase, para vergüenza de Magore.

     Los leones permanecían quietos como estatuas, siempre custodiando el umbral de una puerta, uno a cada lado. Korie había construido una gran puerta en su jardín. Era un arco enorme que no daba paso a ningún lugar, estaba en medio del jardín. Para que los leones obedeciesen había que encadenarlos con una cadena mágica, pero había que encadenarlos a la vez. Situando un león a cada lado del arco se aseguró de que nadie podía alcanzar a los dos leones a la vez. Si alguien intentaba encadenar a uno sólo, inmediatamente el otro cobraba vida y devoraba al insensato. Korie dejaba pasar a los guerreros que trataban de recuperar a los leones de uno en uno. Muchos lo habían probado y habían acabado devorados, para divertimento de Korie.
     Mufuma ideó un plan para llevarse a los dos leones a la vez. Mutsomo se prensentó ante korie sólo, como un único guerrero, vestido como un mortal, sin ningún signo que lo distinguiese como hijo de Magore. Llevaba un largo escudo de las tribus del norte casi tan alto como él, como si el mismo fuese un guerrero de las tribus del norte. Levantaba el escudo como si fuese muy pesado y lo sujetaba siempre junto a él. Entró en el palacio de korie y le pidió enfrentar el gran reto de recuperar los leones, para probar su valía como guerrero. Korie comenzó a hacer preguntas sobre las tribus del norte, los dioses o los leones de Magore, a las que Mutsomo respondía con exactitud. En realidad dentro del escudo iba Mufuma escondido, encorvado y sostenido con un arnés. Él le daba las indicaciones a su hermano de lo que debía responder. Al fin Korie preguntó cómo pensaba vencer a los leones:
     – Es una lástima que un valiente y hermoso guerrero arriesgue la vida en una empresa que a mi se me antoja imposible. Es un acertijo sin solución, un desafio a Magore, no a ti, noble guerrero. Perderás la vida.
     – Verás mi señora que soy un guerrero excepcional. Se me ha concedido un don nunca antes conocido. Cuando bebo licor de amaro logro un poder excepcional, el de duplicarme a mi mismo. Si esta noche me proporcionáis una barrica de licor, mañana al amanecer entraré sólo en el patio y podréis ver como me duplico y amarro a la vez a los dos leones, para luego unirme en uno solo y salir de vuestro palacio llevando los dos leones amarrados y sujetos con una sola mano. Habréis de cumplir vuestra palabra y dejarme partir para recibir la recompensa de Magore.
     – Eso es imposible. Tal don no existe ni ha existido nunca.
     – Incluso duplicaré la cadena mágica enrollándola en mi muñeca al hacer el sortilegio. Lo podréis ver vos misma, si me dais el licor.
     – Que así sea – Dijo Korie llena de curiosidad.
     Se dispuso una estancia en la que Korie había dispuesto una mirilla para espiar al guerrero. Quería descubrir dónde estaba la trampa. Mutsomo dejó el escudo de pie, recostado sobre la pared y se sentó junto a él. Había elegido un vaso minúsculo de entre la vajilla dispuesta en la estancia y había apagado toda luz y toda vela excepto una que dispuso en el suelo, alejada, llenando toda la estancia de sombras. En la penumbra llenó el baso pequeño como un dedal, dijo unas palabras extrañas y altisonantes, que en realidad no significaban nada, y dio un sorbo minúsculo. Esperó un largo rato y volvió a pronunciar las mismas palabras extrañas y dio otro sorbito. Tres sorbitos necesitó para agotar el primer baso y un largo rato. Volvió entonces a llenar el baso. No lo había llenado una tercera vez cuando la bruja, presa de la curiosidad y la impaciencia, entró en la estancia.
     – Hola noble guerrero. No he podido evitar oír esas palabras que pronunciáis, que son sin duda la fuente de vuestro poder. No significan nada para mí, no las conozco. Conozco sin embargo muchas otras y me gustaría saber que misterio esconden estas. ¿Podríais explicármelo?
     – Sois sin duda una mujer astuta, pues mi don es en realidad un sortilegio que me transmitió el mago de nuestra tribu. Es el secreto mejor guardado y la joya más valiosa que poseemos: la formula para duplicarnos hacernos dos realmente y no una sombra o una ilusión. Ese es el secreto por el que nuestros ejercitos son invencibles y nuestros guerreros tan famosos y poderosos que se diría que pueden estar venciendo al enemigo en el campo de batalla y a la vez bebiendo por la victoria. No voy a explicartelo, pues he jurado no hacerlo. Pero si os quedáis conmigo esta noche y bebéis, quizás podáis aprender de que se trata. Pero una advertencia os haré. Debéis mirar el sortilegio hasta el final, pues si si uno se divide y no conoce las palabras para volverse a unir permanece separado en dos, partido, hasta el día de su muerte, y si una de las mitades es herida o muere, lo mismo le pasa a la otra.
     – Estoy muy interesada, así que me quedaré y os imitaré en todo, a ver si logro dilucidar el secreto de este encantamiento.
     Mutsomo se acercó a la vajilla y cogió un vaso para Korie. Eligió uno de apariencia similar al suyo, pero mucho más hondo y ancho. Durante toda la noche llenó su vaso con tacañería mientras llenaba a rebosar el de la bruja. Recitaba las palabras y daba pequeños tragos con grandes aspamientos, alzando el brazo de forma exagerada a la tercera vez, enfatizando que había que terminar el contenido. Así la bruja bebió una considerable cantidad de licor de amaro mientras que Mutsomo en realidad apenas había bebido. Cuando la claridad del amanecer empezaba a hollar la oscuridad el barril estaba vacío. Entoces Mutsomo dijo:
     – Estoy listo. Iré ahora al patio. – Declaró mientras cogía el escudo.
     Bajó al patio y Korie fue a una ventana alta desde la que podía ver el espectáculo. Estaba un poco borracha y el sol brillante hacía que le doliesen los ojos. Mutsomo fue al otro extremo del patio y plantó el escudo clavándolo en la tierra. Comenzó a danzar alrededor, haciendo extraños movimientos y diciendo palabras extrañas a media voz. Korie se esforzaba por ver y escuchar. En una de las vueltas, de detrás del escudo salieron dos hombres en vez de uno. Dos hombres exactamente iguales, vestidos exactamente igual, y cada uno con una cadena enrollada en la mano. Korie no daba crédito a lo que veían sus ojos. Cada uno de los hermanos, con movimientos muy similares y acompasados, desenrollaron las cadenas de las muñecas y ataron los dos a la vez cada uno de los leones, que quedaron dóciles a la merced de los amos. Era como mirar una imagen reflejada en un espejo. Entonces los dos guerreros idénticos se acercaron al escudo y comenzaron a bailar de nuevo, pronunciando los dos las mismas palabras y con los mismos movimientos y chocando las manos de vez en cuando, seguidos por los dóciles leones. En una de las vueltas dos guerreros pasaron tras el escudo, cada uno sujetando una cadena, y una de las voces se extinguió. Al salir de detrás del escudo un único guerrero sostenía las cadenas de los dos leones, con una sola mano, tal como había pronosticado. Tan completa fue la ilusión que por un momento Korie pensó que los dos leones se unirían en uno al pasar detrás del escudo siguiendo al guerrero que asomaba por el otro lado. Estaba asombrada.
     – Ahora debes cumplir tu promesa y dejarme partir.
     Korie no supo como negarse, así que los dejó partir. Pero estaba muy satisfecha, pues pensaba que había cambiado los leones por un gran secreto, mucho más valioso para ella. Ahora podría duplicarse. Corrió a anotar las palabras para que no se le olvidasen y a practicar las danzas extrañas. A la noche siguiente probó ella misma el sortilegio, pero no funcionó. Algo andaba mal. Una segunda noche probó el sortilegio sin ningún resultado. Y una tercera vez se emborrachó hasta las trancas y danzó la danza estúpida antes de encolerizarse. La habían engañado. Corrió a buscar al guerrero, que la esperaba en una caña, en un poblado cercano.
     – Enséñame el secreto de la duplicación o toda mi ira caerá sobre ti hasta que logre arrancártelo.
     – ¿Has probado a danzar alrededor de un escudo a la luz del sol, tal como te enseñé? – Preguntó Mutsomo, conteniendo la risa.
     – No, he danzado simplemente.
     – Oh, eso es que no lo has hecho alrededor de un escudo con la runa de mi tribu. Te daré el mío para que puedas completar el hechizo – Dicho esto Mufuma salió de la estancia de al lado, esta vez portando los símbolos que lo acreditaban como hijo de Magore.
     – Ten, aquí lo tienes – Dijo Mufuma – Aunque para ser dos en realidad hay que nacer dos.
     Korie reconoció entonces el engaño y aunque no la escuchaba, sintió la risa de Magore. La vergüenza, acompañada de la rabia creció en su interior.
     – Os habéis ganado una poderosa enemiga – Dijo Korie, y su voz sonó más como un mal augurio que como una amenaza. Pero los jóvenes no oyeron más que la impotencia de la bruja engañada. Rieron y saborearon su éxito. Tenían una bonita historia que contar a sus hermanos allá en el palacio de su padre, en el Mundo de las Brumas.

 

Fuente: efimero.wordpress.com

Una respuesta to “Fábula de los dos hermanos Mufuma y Mutsomo”

  1. ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

    super pero la verdad no era lo q buscaba

    no han pensado en hjacer una mini pagina como google eso si muxo mas chiqui

    ok tomen mi comentario enserio chauuuuuuuuuuuuuu
    :::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

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