Leche Batida

De pronto nada más sentí cómo todo me daba vueltas, pero no me mareé, o al menos no tanto como para vaciarme hacia afuera. En mi paladar y lengua, pude notar cómo iba y venía un vívido sabor a alfalfa, mientras que el árbol de manzanas da vueltas a mi alrededor… Ahora que lo pienso, cada que el árbol pasa dos veces frente a mí, el sabor regresa… No sé que relación tenga con esto, pero no era lo único que se movía. Los cerros detrás del árbol de manzanas que no tenía nada que ver con el sabor de alfalfa en mi paladar y lengua, se movían como el trasero del jamelgo huesudo que jalaba la carreta del granjero de enfrente. La carreta, mírenla, allá va, haciendo malabares. A veces los cerros están de cabeza, o se deslizan de un lado para otro como si no estuvieran fijos… Como si nada estuviera fijo, ni la alfalfa en las pacas que bailan a mi alrededor contra su voluntad… Si tienen voluntad alguna claro, ¡pero eso a mí que me importa!. Nunca había sentido esto, es como estar flotando pero sin levitar, o como si volaras, pero sin conquistar el aire; ¡ya sé!, es como arrastrarte pero sin moverte, o al menos no haces que tu cuerpo se desplace, éste se va con el impulso que no has tomado y continúas moviéndote cuando deseas detenerte. Lo único bueno es que la alfalfa no se ha mezclado con mi leche… Sería una gracia ver que alguien tomara la leche verde, que me agarrara mi crío intentando absorberme y se llenara la boca de campo, de un maternal sabor a prados, a sembradíos de alfalfa que se mecen de un lado a otro suavemente y se revuelven con el viento como lo está mi estómago. Dentro de mí, la leche me reclama, está quieta, pero todo se mueve a través de mis ojos y la leche se agita, pero en silencio, y me reclama sin agitarse, como los huesos del perro que estaba echado hace unos instantes, pero que ya dejó de aullar entre tanta vuelta, a ver si los huesos que le eran tan importantes no se le desparraman y se los gana otro. Ojalá que esto se pudiera acabar sólo con cerrar los ojos… ¡ay!, ¿qué me picó?… Por supuesto, tenía que ser el buey, se me dejó venir así nomás y me encajó sus cuernos; es un imbécil, sólo quiere estar picándome y no le importa ni el árbol de manzanas, ni el trasero del jamelgo que tiraba de la carreta del granjero de enfrente, ni el perro o sus huesos, o los cerros que giran al contrario de como lo hace él. Ése buey ya me alborotó el sabor de la alfalfa, que ya se ha de haber mezclado con la leche que llevo dentro; y mi becerro, que no debe tardar en dar la vuelta, si es que no se embarra con el árbol de manzanas y llega hasta mí a través del torbellino, podrá tomar al fin su leche, batida…

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