Los Cuervos Peregrinos

El primero de los cuervos peregrinos no esperó más a su compañero y remontó el vuelo. El sol, de luto, puso sobre su faz un velo negro a la hora en que el ave graznó por primera vez en las almenas del palacio. Podía sentirse la expectación en el ambiente, todos los habitantes del reino estaban pendientes de la recuperación de los descendientes de la casta real.
     Tras un momento, los sollozos de la reina quebraron la incertidumbre y la temida noticia pasó como un latigazo entre la población.
     Los cuervos son las cornetas que graznan al momento en que un ánima regresa al mundo de las esencias. Solo él hace que las puertas se abran para los viajeros que han tornado.
     Las leyendas dicen que hay un cuervo por cada ser, que son los mensajeros y los guías entre mundos. Cuando un espíritu se desprende de un cuerpo, se convierte en una piedra preciosa. Dependiendo del nivel que este se encuentre, es la roca en que se transforma.
     Ahora, el cuervo lleva entre sus patas un zafiro, un corindón de grandes proporciones que casi le impide maniobrar. El alma de la niña en su interior es el único brillo en el luto solar, es su risita la que destella en el gran zafiro, es su inocencia la que ilumina el vuelo del cuervo, con ése fulgor sabe hacia dónde dirigirse, en qué nivel dejar a su pasajera.
     En los rincones del palacio, la luz escapa a la figura del padre. Las risas se han perdido. Lo que en la tarde fue un lugar de regocijo, ahora es la gélida lágrima que se oculta tras los rincones ocultos de los ojos del monarca. Una sombra cayó sobre el reino con la muerte de la infanta. Y la oscuridad se intensificó con un segundo graznido proveniente desde las almenas.
     Detrás del zafiro, otro cuervo emprendió el vuelo. El rubí que lleva consigo, indica que el príncipe se desangró hasta morir. Su hermana menor, el zafiro, murió sin recobrar la conciencia, su alma salió de su cuerpo, con calma. Muy debajo de ellos, un ónice era transportado por un tercer mensajero.
     La princesa sonrió azul en los destellos del zafiro, los cuervos graznaron dos veces y un azor salió a su llamado. El ave persiguió y atrapó a su presa, el tercer cuervo portador del alma negra de ónice, que fue desgarrado en el aire. Su piedra cayó sin obstáculos hasta el camino, a los pies de un oráculo. Éste la lleva ante el monarca y la pone en sus manos, húmedas por las lágrimas. El soberano, no comprende, pero siente una súbita oleada de rencor.
     -Esta alma no llegará a su destino majestad, es la asesina de sus hijos… Se la entrego para mitigar su dolor, llegó a usted de parte de la princesa muerta…
     El monarca observó la piedra negra y amorfa durante unos instantes. Tras los cuales supo exactamente el destino del objeto en sus manos. El alma que segó la vida de su primogénito a traición sólo tenía un lugar en el mundo, el alma que tiró a su hija por las escaleras mientras escapaba de la guardia real, sólo tenía un asunto pendiente: ir con su empleador y alojarse en su garganta, sofocándolo hasta morir.
     El monarca se puso de pie e hizo que resonaran los tambores, las voces de la guerra sonaron como un aúllo en la oscuridad. Sólo había un enemigo declarado del reino, sólo había un rey con la osadía necesaria para planear y llevar a cabo las muertes de sus descendientes. Nada le impediría ir tras él, acorralarlo y terminar con su mísera y avariciosa existencia. El monarca se vistió de panoplia, armado con todas sus armas y encabezó a sus guerreros en la lucha contra el enemigo.
     Lejos de allí, legiones de cuervos peregrinos graznaron como cornetas hacia el firmamento. Remontaron el vuelo en grandes parvadas, cual cumulonimbos aciagos en el horizonte, prestos a cosechar los minerales que sembraron los reyes sobre el campo de batalla… 

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