Cuento: Sedeny y el origen del Mundo Vivo

CabeceraSedeny

Bienaventurado ahora que caminas bajo el cobijo de los dioses. A partir de hoy la verdad reside en tu interior, úsala como escudo y guíanos a través de la oscuridad.”

Phernathys a Sedeny, coronándolo Rey de Sasbá.

Su Ilustrísima, respondiendo a su primera pregunta, cuando el primer humano caminó sobre la superficie de Éwa, los argénantas ya tenían bajo su protección y cuidado los bosques predominantes del orbe hacía generaciones.

     Es imposible contar el origen de esta raza sin darles a conocer las circunstancias bajo las cuales se creó el Mundo Vivo, el génesis de Éwa como la conocemos antes de recibir su nombre y remembrar los orígenes de otros seres de alto renombre; no obstante, discurrir a profundidad sobre estos primeros y prolijos días requeriría más tiempo del que ustedes han vivido o vivirán y una memoria que sólo poseen criaturas primigenias como de las que me piden llegar a relatar los albores de su linaje. Ergo, haré lo posible para disipar sus incógnitas de forma que mi calidad humana no mancille esta evocación con mis humildes palabras.

     El Mundo Vivo fue creado a partir de tres fuerzas y voluntades que coincidieron en este lugar entre la inmensidad del vacío: La Madre Agua, La Madre Tierra y Éwa. Una vez que estas potencias se tuvieron al alcance, sintieron curiosidad unas de las otras y comenzaron a conocerse, sintiéndose y admirándose de ellas mismas. La energía que generaron hizo imposible que se alejaran nuevamente y, cuando se dieron cuenta de ello, se sintieron atrapadas sin posibilidad de escapatoria. A partir de allí, La Madre Agua y La Madre Tierra notaron poco a poco defectos la una de la otra y guardaron con celo el poco vacío que había entre ellas, delimitando sus espacios vitales; Éwa no tenía materia, pero siempre estuvo presente y consideró que estas diferencias no tenían motivo de existencia, por lo que se valió de la abundante energía a su alrededor para disipar el vacío que separaba a las Madres Creadoras. La ausencia de ese vacío, marcó la unidad y fue el inicio de todo.

     Como saben, la vida en este orbe tuvo su origen con los pleitos entre las Madres Creadoras en su intento por separarse y regresar a su estado natural. Saben también que cada una de ellas creó un hijo-sol para que les ayudaran a secar el lodo creador en que se habían fundido. El hijo de la Madre Agua era blanco y frío y el de la Madre Tierra dorado y ardiente. Ellos no lograron separarlas, pero aprendieron a pelearse entre sí tal y como lo hacían sus ascendientes. Así, aconsejado por su madre, el sol-tierra se apagó unos instantes, llegó por atrás del sol-agua y lo atacó con toda su energía. El sol blanco casi muere, y, si no hubiera sido por su madre, quien le dio a beber un agua especial que contenía un concentrado de su esencia, el firmamento pertenecería únicamente al sol áureo. Ello ocasionó que el sol-agua perdiera su resplandor y su rostro quedara cubierto con cicatrices, por lo que su Madre le dio su nombre actual: Luna, e hizo que sus lágrimas se congelaran y convirtieran en estrellas para que flotaran a su alrededor y le alegraran con su compañía.

     Luego, se crearon los seres y las criaturas, primero de piedra y arena, quienes absorbieron la sangre de las Madres Creadoras durante sus batallas y tornaron sus cuerpos en carne y tallos.

     Esta es la parte que hasta el momento conocemos todos y a partir de aquí difieren los registros dependiendo de las razas y culturas. Para nosotros los humanos, la primera creación a la que Éwa dio conciencia fue a nuestra imagen y semejanza, pero para las criaturas forestales ésta llegó después y el primer ser consciente no fue antropomorfo. Para todos los no humanos, primero llegó la vida diminuta, plena en magia natural, luego los forestales, en armonía con la naturaleza, y luego llegaron los humanos y humanoides, separados de sus raíces y con vidas fugaces.

     Cuentan las leyendas forestales, que después de que el sol blanco dejó su existencia como tal para convertirse en luna, las Madres Creadoras dieron nacimiento a varios dioses menores, responsables de mantener el orden entre las criaturas del orbe.

     Sin embargo, algo que es conocido sólo por un puñado de personas fuera del mundo forestal, es que el hijo de la Madre Agua, recién convertido en Luna, dio vida a un grupo de criaturas, benditos por su madre y privilegiados por Éwa. Estos seres, los argénantas, reflejaban la luz de su creador y resplandecían con destellos plateados con su contacto. Nacieron fuertes, hermosos, honorables, en armonía y con pleno respeto por la naturaleza, llegaron para mediar y mantener un balance entre los seres vivos.

     Los argénantas fueron prolíficos y mantuvieron el orden entre animales y plantas durante generaciones de vidas forestales, mucho más largas que las humanas.

     De acuerdo con estas leyendas, Jupiyixu, una de los dioses menores que mantenía su lealtad a la Madre Tierra y que se ha definido desde entonces como partícipe de las fusiones raciales, entró en cólera con los argénantas y desmembró a los primeros de ellos, ÖxocasdrË y JaremarÏ, la pareja original, a quienes se consideraba inmortales.

     Entonces, a petición de la Madre Agua, una de sus deidades, Gumunúek, recogió los pedazos y, aunque no pudo reconstruirlos de nuevo en sus formas originales, utilizó partes de primates y cérvidos que se ofrecieron en ofrenda y formó dos nuevas razas, los Alces Imperiales y los Argemínidos, ambos extintos al día de hoy y la referencia más inmediata son los gonkers, señores de Luz que habitaron en la desaparecida Gunklour, anfitriones y guardianes de las entonces existentes águilas Golpherus. En los Alces Imperiales predominó la materia y en los Argemínidos, la conciencia. Ambas razas comprometidas profundamente con la naturaleza y en el segundo caso, seguidores de la Luz.

     Los argénantas sufrieron la pérdida de los primeros de su raza, pero acogieron a estas dos nuevas creaciones y las protegieron durante varios linajes, pues disfrutaban de menos tiempo de vida. Estas nuevas especies también fueron prolíficas, pero fueron más susceptibles a los elementos o a otros factores y eso es materia de otra investigación.

     Entonces, Jupiyixu, molesta por las nuevas creaciones, engañó a un grupo de argemínidos y los atrajo hacia sí. Como la desmembración de los cuerpos no había sido efectiva, ahora lo hizo con sus espíritus, de los que no se pueden juntar nuevamente los pedazos y, la criatura resultante fue Laarúd, el primer hombre y Saasti, la primera mujer. Por supuesto, estos conocimientos son heréticos para las religiones humanas, pero vigentes en las criaturas más antiguas del Mundo Vivo. ¿Habrían adivinado que de todas las razas conscientes en este mundo, sólo la humana ha creado religiones? Pero claro, eso también es tema que nos encamina hacia rumbos diferentes.

     Así, la nueva especie, denominada “humana”, fue la más prolífica de todas y la que más se propagó por el orbe, e identificó a los argénantas con el nombre de “hombres alce”, como si éstos hubieran sido una mezcla de humanos y alces, en vez de que nosotros hubiéramos sido degradados de la forma original, tal es nuestra arrogancia y nuestra carencia de humildad.

     A sus ojos, los humanos somos como eternos niños que ahondamos en nuestras emociones más que en nuestra conciencia, debido a que nuestro tiempo limitado de vida no nos permite alcanzar los conocimientos superiores que nuestros creadores depositaron en nosotros con el fin de mejorar la vida.

     Salvo por los argénantas, de quienes se reportan contactos o avistamientos cada vez con menor frecuencia, el resto de las razas primigenias han desaparecido. El origen de nuestra especie como la conocemos, hace mil generaciones, marcó el inicio del fin para ellas; a medida que nos propagamos y crecemos en poder y arrogancia también amenazamos la existencia de sus descendientes directas, las razas forestales.

     Eminencia, si no actuamos inmediatamente el equilibrio nunca más será restaurado y condenaremos a la extinción no sólo a nuestra propia raza, si no al mundo que habitamos…”

 

Tras un momento que pareció eterno en la sala de audiencias, el rey Sedeny respiró profundamente y dirigió una mirada a sus clérigos de más alta jerarquía, quienes le miraban con rostros inexpresivos; ya estaban hartos de estos supuestos embajadores de razas silvestres.

 

Apártenlo de mi presencia” -Sedeny entrecerró los ojos, molesto, y atravesó la sala vestido de panoplia, ciñendo sus armas-. “Debemos acabar esta guerra y no me importa si unos supuestos santuarios de plantas desaparezcan para lograrlo, si estos hombres alce de los que habla aún existieran, seguro lucharían a nuestro lado pues contamos con la bendición de nuestros dioses” -sus hombres de fe y sus más altos hombres de armas, asintieron y le siguieron hacia el exterior, profiriendo gritos de alabanza al cielo, convencidos de su victoria y con el favor de sus dioses en la batalla por venir…

 

Al final del día, el Rey Sedeny de Sasbá ordenó rodear el santuario del Robledal Iridiscente para llegar al campo de batalla; pocos como eran e inexistentes como se les creía, los argénantas los expulsaron del bosque de forma contundente sin sufrir ni causarles bajas.

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