Chispitas Divertidas

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Erik encendió el automóvil mientras repasaba mentalmente las calles y carreteras que tomaría ese día. Había decidido pasar el fin de semana en un lago cercano, alejándose así del bullicio y neurosis de la cuidad.

…Habían pasado unas pocas semanas desde que las imágenes del “Lago Ghobo” comenzaron a aparecer en sus sueños. Al principio, irrumpiendo como si de un fantasma se tratara, despertándolo bruscamente con imágenes plenas en dicha y felicidad; como si las imágenes le fueran susurradas al oído por espíritus amigables que le invitaran a soñar y regocijarse. Por alguna extraña razón, Erik sentía que este no era un sueño natural, sentía… no, sabía que era algo más, como si el Lago Ghobo fuera un objetivo, una parte importante de su destino.

Curiosamente, en cuanto Erik comenzó a disfrutar del sueño y a adentrarse en sus profundidades, el deseo de acudir a ese lugar germinó en su interior y se fortaleció cada noche más. Al mismo tiempo, pareciera que durante el día los objetos cotidianos en su hogar cambiaran de lugar por sí mismos, ocasionándole algunos inconvenientes tanto en el trabajo como con Amanda, que al fin había accedido a salir con él.

Así, justo después de haber tenido una acalorada discusión de inicio de fin de semana con Amanda y como en un sueño donde acabas de encontrar la solución a una situación estresante, Erik regresó a casa tras comprar unos cigarros y llenar el tanque de gasolina cuando, bajo la puerta principal se encontraba un tríptico de un lugar de retiro llamado “El Edén Ghobo, viaje al cielo sin que su cuerpo deje la tierra.” El tríptico estaba realizado sobre un papel artesanal y con un diseño en que parecía pergamino con toda la información y las imágenes hechas a mano. En la parte frontal, un dibujo a color con el mismo lago que él frecuentaba en sueños. El tríptico anunciaba que permanecería cerrado a los turistas por la temporada invernal, lo que dejaba a Erik únicamente ese fin de semana para visitarlo; no tenía marcado un teléfono, pero sí un mapa en la parte posterior.

Como si se tratara del destino, Erik metió los artículos que consideró indispensables para el viaje y partió esa misma noche al Edén Ghobo…

Llevaba cerca de 2 horas conduciendo por prados verdes cuando decidió detenerse un momento en un paradero polvoriento situado a un lado del camino. Mientras bebía café de su thermo, un café por demás cargado para que le mantuviera despierto durante el viaje, volvió a revisar su mapa, trazando con el dedo meñique los caminos y senderos que aún le quedaban por recorrer.

Jamás había escuchado nada del Lago Ghobo, pero el panfleto en su bolsillo prometía “un lugar de descanso, con árboles que rasgan el cielo y aguas tranquilas, donde uno puede zambullirse en el firmamento”. A Erik este comentario se le antojó como una confirmación de sus sueños: inmensos bosques llenos de pinos altos y frondosos, un lago cristalino donde dos montañas nevadas se reflejaban pacíficamente, algunas nubes blancas sobre el cielo azul y a un costado, casi escondido entre algunos setos, una enorme cabaña comunal.

No llevaba más de media hora de camino cuando el auto se apagó y notó con alarma que se había quedado sin gasolina. No obstante, había llenado el tanque apenas un par de horas atrás. Se orilló y apeó, gruñendo. Olía a gasolina. Sacó un linterna y encontró, tirado en el piso bajo el coche, que el tanque tenía un agujero. Muchas maldiciones después y tras revisar el mapa una última vez, calculó que estaba más cerca del Edén Ghobo que del paradero, seguramente el administrador del lugar le ayudaría a resolver el problema mientras él fuera su huésped.

-Claro -refunfuñó- a precio de oro, pero ¿qué otra opción me queda?.- Salió del auto dejando las luces intermitentes prendidas para evitar un accidente en la carretera. Suponiendo que existiría un atajo si marchaba por el prado en lugar de seguir la carretera, se adentró en la maleza con el cejo fruncido y la luna encaminándose a la cumbre de la bóveda celeste. Caminó largo tiempo antes de admitir que se había perdido. Desde que se le agotaron las baterías a la lámpara sorda, había andado en dirección Norte todo este tiempo y hacía mucho que debería haber llegado a algún lado…

Levantó la cabeza de golpe: algo se movía por entre las hierbas, sigiloso y con cautela. Sus ojos, ajustados a la penumbra, no alcanzaban a distinguir gran cosa, y no estaba seguro si se sentía aliviado o preocupado por ello. “Si no lo puedes ver no te puede hacer nada” solía recitarle su padre cuando era un niño. Pero claro, él se refería a la cuidad y no a un prado desierto en medio de la nada, donde quién sabe qué animales salvajes o criaturas hambrientas merodeaban en busca del siguiente platillo.

-Estúpido -se recriminó en un murmullo- el camino, debiste seguir el camino, ahora estas perd— ¡Ahí! Lo había escuchado de nuevo: era como el ronroneo de un gato, pero de cadencia más rápida y grave. Algo se movió a su izquierda…

Sin detenerse a ver qué lo seguía, se puso de pie de un salto y no notó qué tan rápido corría hasta que su respiración se volvió errática, su corazón martilleaba instándolo a abrir la jaula que era su cuerpo y dejarlo huir. Apenas podía moverse entre tanta piedra, hoyos y raíces que le interrumpían las zancadas; tropezó dejando parte de su pantalón y jirones de piel, principalmente de sus manos, decorando la maleza. Perdió la lámpara en la caída. Una neblina ligera se apoderaba del lugar y empapaba su ropa, mientras que a sus espaldas podía escuchar claramente el golpetear de pies contra el pasto, varios pies malévolos que se dirigían hacia él, pasos que lo seguían de diferentes direcciones sin importar qué tan veloz avanzara o qué tanto hiciera por despistarlos.

A Erik le pareció de pronto que corría con desesperación como entre sueños, sueños agoreros con finales funestos, sintió revivir una pesadilla recurrente que solía despertarlo gritando, con la piel húmeda y los nervios de punta desde hacía un par de meses. Todo comenzaba con él caminando por una espesa bruma mientras las ramas de algunos árboles le rozaban la cara. Algo lo golpeaba en las piernas mientras escuchaba a su alrededor y sin poder identificar su origen, una cacofonía de gritos, chirridos y ronroneos que irrumpía con ecos malignos en su interior. No importaba cuánto corriera, al final siempre lo alcanzaban unos seres verdosos, con dientes amarillentos y ojos desquiciados, lo hundían en aguas pantanosas y la impotencia que le causaba el sentirse asfixiado lo despertaba de golpe. Deseó que esta vez también pudiera escapar de la misma forma, despertar antes de morir con los humos y humores del cenagal en su garganta y pulmones. Y las risas, esas endemoniadas risas…

Una rama que lo atacó… sí, lo atacó muy cerca del ojo y lo devolvió violentamente a la realidad, estaba huyendo, de algo… amenazador… Avanzar era cada vez más difícil, la maleza parecía tirar de sus ropas y de su carne, dejando surcos en su piel. A pesar de poner todo su empeño, el cansancio y la vegetación agreste le obligaron a disminuir su paso, peligrosamente. Ante sus ojos, sólo bruma y ramas, atrás, únicamente miedo y desesperación. La sangre golpeando contundentemente sus sienes le impedía percibir otros sonidos, maldito silencio que era causado por el estruendo en sus oídos. La bruma también lo aturdía y disfrazaba a sus perseguidores, difuminando sus pasos entre sus efluvios. Tras unos momentos en que pudo distinguir los sonidos del exterior entre sus latidos, la horrísona cacofonía. Se estremeció. No tenía caso avanzar más, no era posible huir, lo que fueran aquellas criaturas que le estaba persiguiendo, le habían rodeado y ahora vitoreaban a su alrededor.

Detrás suyo, sus persecutores saborearon el ácido aroma de la victoria en su derrota. Erik, aterrado, se sabía la presa y sin escapatoria, este era el momento de despertar. Pero los rasguños y otras heridas que ardían al contacto con su propio sudor, el hedor de la niebla, el escalofrío en su espinazo… Esta vez no lograría despertar. Una palabra vino a su mente como susurro de ultratumba: Gooooobliiiins…

Giró lentamente, sus ojos grises se tornaron confundidos, aterrados y finalmente desorbitados, como si su alma intentara salirse del cuerpo para evitar la agonía por venir. Una extremidad verdosa se aferró a su cuello mientras que unos dientes se clavaban en su pierna izquierda. El alarido que profirió Erik avivó en sus cazadores el deseo lujurioso por la persecución y le abrieron paso; la desbocada carrera comenzó de nuevo.

Lo que parecía un tigre escuálido obligó a Erik a cambiar de rumbo tras un certero zarpazo que lo hizo trastabillar. Le pareció que él era la diversión de aquellas bestias y que no le permitirían aburrirlos.

Los chirridos aumentaban en volumen, el olor se hizo más fétido y la niebla más espesa, Erik no podía saberlo, no lo intuía mientras intentaba huir: estaba siendo conducido a la ciénaga; sólo unos pasos más…

*Plish plosh plish plish plosh plish plosh plish plosh*

Llegado el momento, el gato cadavérico arremetió de nuevo, esta vez cortándole el camino. Los goblins escuchaban con deleite el chapotear de pies humanos y el grácil brincar del tigre en el agua. Instantes después, un rugido felino marcó el momento de lanzarse sobre él. Y las risas no se detenían.

Manitas corruptas de garras negras atenazaban su ropa, piel y cabello para inmovilizarlo. Le obligaron a ver de frente al tigre, sintió su putrefacta respiración y su pestilencia mientras se desfiguraba, su cuerpo regresaba grotescamente a su forma original entre espasmos y convulsiones; primero la cabeza, seguida de brazos y luego el resto del cuerpo. Era como cera fundida chorreando a través del pelaje del enorme felino.

Tras el hórrido espectáculo, la criatura se puso de pie, tambaleante, chorreando agua pérfida desde la cintura, piel marrón, vellosidades atroces en color verde, 90 centímetros de altura, el cuerpo encorvado hacia delante, orejas puntiagudas dirigidas hacia atrás y sanguijuelas invadiendo su cuerpo como costras de tortura.

El goblin presumía una cabeza grande, desproporcionada a comparación con el raquítico cuerpo, brazos y piernas largas rematadas con extremidades de cuatro dedos con filosas garras negras, ojos color ámbar, sonrisa viciosa, retorcida y dientes puntiagudos amarillentos. Sus secuaces le acercaron un pesado cinturón con vistas de metal, una daga con correa que tomó al aire y colgó en su hombro derecho. De su oreja derecha sobresalían dos arracadas toscas y oxidadas, mientras que del cuello pendía un pequeño collar en cuyo centro colgaba una piedra negra con garigoles en plata. Erik sintió claramente que ésta le llamaba, en susurros al principio, pero cobrando fuerza.

A pesar de sentir cómo era amarrado a estacas clavadas al suelo, Erik no podía apartar su atención del cabecilla. Los demás retrocedieron y se integraron al ritual, preparaban la culminación del ritual de cacería para su líder. Los ojos de éste brillaron rojizos por un momento y desde sus manos sendas ráfagas de fuego iluminaron el pantano. -Luego los goblins dirían que de las manos de su líder y del humano salían chispitas divertidas.- Lo último que vio Erik, fue la aterradora sonrisa de su captor; al menos no moriría asfixiado…

Valiéndose de su daga, el líder se hizo de los órganos principales, objetos del ritual: el corazón se llevaría de regreso como ofrenda para que el patriarca preserve sus fuerzas, el hígado serviría para las pociones y aderezar los untos y mucílagos del curandero, mientras que el cerebro sería esparcido en el cieno para que el shamán utilizara sus memorias como combustible al viajar en espíritu y pudiera localizar al próximo invitado de sus correrías.

Tras unos instantes, los bicharrajos cayeron sobre el humano, hincando por igual dientes y garras hasta saciarse. Los últimos recuerdos y despojos de Erik en el festín, propiciaron algunas ondas que guiaron su sangre a través de los charcos que le rodeaban, decorando el agua de verde rancio a carmesí. Los árboles, las larvas de mosquitos y las sanguijuelas respiraron, bebieron su esencia y se hincharon, tomando fuerzas y energía para atraer al siguiente incauto a sus dominios.

Y, como la mayoría de las bacanales y rituales goblin, la diversión terminó en un santiamén y sus integrantes se dispersaron, dispuestos a repartir más pesadillas, gastar bromas siniestras y correrías que realizar.

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